Un agente a 1 millón y medio

Massimo Scusi es un amigo de familia. Yo no lo conocía, y en el fondo, siempre pensé que era mentira, pero él insistió en su momento en que conocía a mi padre y yo tuve que hacer el esfuerzo de creérmelo. Fue poco después del aviso internacional extra oficial pasado por la juez Yigorina en cuanto a la aclamación de zona franca, que ya había llamado la atención de comités internacionales gastronómicos, de la moda, universidades y casi hasta de la NASA, aunque la luna aun quedaba un poco lejos. Alguien dijo que le interesaba un índice financiero, cosa que hizo reir a muchos porque era obvio que una zona de conflicto bélico solo podía resultar interesante como índice financiero a … un italiano, por ejemplo. Sí. Aunque a los comités lse parecía realmente fascinante el que por fin se pudiesen decir todas las cosas francamente, nadie sabía cuantos pinchos y agujas militares se escondían detrás del anuncio internacional. Solo se referían puntos. Cruces. Referencias. O indicios.

Massimo Scusi se llama así porque es el conde de Montecristo, aun conocido como el famoso Garibaldi, y como suelen llegar tarde, – dicen -, todos los miembros de esas ilustres familias, solo les queda el ‘presentarse con excusas’.

Así me lo encontré, más o menos, cuando llegué a Montañita. Le pedí un cigarrillo por saber si era muy grave, y lo parecía porque poco después me diría ‘Scusi’, y ‘tienes un cigarrillo?’. Pero yo no tenía.

No me acordaba muy bien de lo que andaba haciendo por aqui, y casi me extrañó el que pareciese salir del hotel Montañita como si se estuviese alojando ahí, complicando inmensamente mi tarea de cazar a Stradivarskij, original diseñadora del proyecto Montañita e involucrada en un sinfín de innumerables crímenes.

Era una evidencia que el Montañita empezaba a caer a golpe de bastón de pauta, y señales intermitentes, porque el scuba solo puede tener un representante jurídico en un punto conreto de la geografía. Machalilla Tours, sin embargo, aun insistía en su legitimidad, y peor, la intermitencia del Banco Bolivariano se hacía cada día más pesada y angustiosa, porque finalmente, qué culpa tiene la zona franca de las malversaciones de fondos que se hacen tierra adentro? Ya no quedaba otra. Había que acusar el Montañita de canibalismo para que saliesen los culpables de una sola vez, pero en vez de salir, se agarraron de un rehén. (Suele pasar cuando el culpable real ya ha fallecido.)

Lógico, me diría después. Massimo Scusi es el jefe de la inteligencia italiana y tiene derecho a retener un rehén para hacer valer su derecho, en caso de constatación de infracción grave, de ser acompañado a la frontera. Pero podía constatarse semejante infracción? Al fin y al cabo hasta lo del canibalismo recaía sobre el Bolivariano, aunque debiese responsabilizarse el Montañita de la situación. O Stradivarskij, que era mi sospecha, en el fondo. Pero, qué? Andaría Massimo Scusi encubriendo a Stradivarskij?

Justamente entonces apareció el fotógrafo, el que ya era rehén, y hacía aspavientos (“Se lo diré de nuevo, señora O’Farrel, y me excusará si me inmiscuyo en sus asuntos, pero los guaperas son niñatas y no sirven para nada.”), se hacía notar y hasta me dió un correo electrónico. Luego vino a verme, cuando yo no tengo nada que ver con los agentes continentales. Y además, qué? Tampoco le vamos a quitar su rehén a Massimo Scusi.

O quizá, sí. Elcanje de rehenes se puede hacer en vistas a obtener información, y quizá algún recuerdo mío le sirviese para poner un poco de orden en la situación. Pero hay que avisar en Méjico. O sea que lo ponemos a hacer fotos y publicamos su nombre en algún sitio. Alerta, alerta! Mico en peligro. Somos así de malos.

No era eso. “Se lo juro, señora O’Farrel, puede usted hacer lo que quiera, yo no caigo tontamente en los brazos de un Sánchez Godoy, por mucho que se esmere en la selección del especímen.” Pero había que dejarle una oportunidad, al especímen. O a O’Farrel, de demostrar su punto. Seguro que se le había olvidado, y salió de algún maquiavélico inconsciente colectivo. Las había que querían verlo. “Hay guaperas en Méjico?” Precisamente, no se sabía, por lo que había que evaluar la situación.

Ahí estaba. Massimo Scusi libera su rehén tras árduas negociaciones en presencia de un agente intermediario, entre aromas y aromas de café del Montkaffé e idas y venidas patinando por el Papillon, pero resulta que ahora me lo he colgado a la bota, al agente, por lo que tengo que encauzarlo en la buena dirección, primero hacia el ejército ecuatoriano, y luego hacia mi misma, por lo que solo me queda soltar un punto jurídico, de los del medio millón, para que el nene vaya a lucir tipo en las zonas campestres ecuatorianas. Y me haga el favor de hacer algo que valga la pena ayudándome a encauzar debidamente la situación del lugar.

Pero, no. El nene desaparece porque le da miedo hacer contratos y se enreda en una tétrica historia de tráfico de prototipos, de los que tiene uno (multi función de Photoshop) sin número de serie, y algunos oscuros personajes dando vueltas de un lado para otro, de tal suerte a que se vuelve necesario el pretender que unos judíos tienes un prototipo, y se quedan por desgracia sin su cámara de fotos, mientras el otro desaparece en la jungla de una posibilidad inexistente. Siempre pasa lo mismo.

No. Lo mejor de todo es que además me dice que le debo diez dólares. O sea. Asúmalo como mensaje personal, si no se encuentra demasiado lejos, señora O’Farrel: si no consigue que se calle el mico, me debe usted un millón y medio porque, sí, eso era … no me gustan los guaperas. Y si bien lo considera en el contexto, quizá hasta usted cambie de opinión, de por análisis de los contenidos.

Pensaría que es secreto militar? Nunca la interacción en campo civil, que precisa de su obligatoria presentación adecuada a la contextualidad.

Ah, sí. Y también los había quienes querían que viniese usted por aqui para poner un poco de orden entre sus agentes, si nos hace el favor. El otro día hubo una  que dejó que se fuese un alguno sin pagar una pizza, porque le dio pena el muchacho. Quería decir que vale ya, de alguna manera … Y tampoco tiene por qué darse por aludida, finalmente.

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