Agujas y disyuntivas

Claro que no todo lo que brilla es oro y finalmente, es cierto que parece más fácil llegar que resolver la consecuencia del haber llegado.

Uno terminará por preguntarse cómo es que sucedió todo ello y quizá lo mejor sea empezar por el principio, con ciertos dejes de honestidad. Y digo uno, o una, más bien, y no otro, aunque sería más lógico, porque al final te recaen todas las turbulencias derivadas de los hechos que los demás solo constatan con cierto asombro alejado y casi obnubilado.

El proyecto Montañita News nació de una necesidad aleatoria. En realidad: que los parámetros obligan a ajustar lo formal a lo intuitivo, en una primera fase, y lo intuitivo a lo formal en una segunda fase. Dije que bueno. Luego dijeron que si unas montubias señoras y yo habíamos conseguido intuitivamente resolver el sentido de un texto médico hindú de hace muchos siglos, necesariamente deberíamos poder resolver la cuestión aleatoria también. Dije que sí, quizá, pero que no venía a cuento. Después me indicaron que el mero hecho de haber contestado conllevaba sus propias obligaciones y exigencias. Lo que es natural, hasta cierto punto. Finalmente resultó que además yo sola, porque la discreta montubia todavía estaba rebuscando en el diccionario para saber qué significaba ‘aleatorio’, debía necesariamente asumir la parte intuitiva del asunto. Y dije que era posible, y aun más que se estrellase el proyecto contra una ola de arena, debido a la imposición de exigencias estrictas en campo intuitivo. Se contestó que de hecho se constataba cierta contradicción inherente, pero que el ser humano tendía a meterse en ellas para volver a salir otra vez.

Tenía al menos el derecho de saber dónde me estaba metiendo. Y resultó que Google se había forjado a partir de un robo de programa militar, hecho por una Universidad, que había trasferido la lógica a unos incautos estudiantes, a quienes, para mayor deshonra, la idea había parecido fascinante. Los ejércitos amenazaban con guerra total y los Googlios contestaron que en cualquier caso, se estrellarían contra el parámetro intuitivo que solo puede medirse en campo civil, aunque sea mixto. Fue tan contundente el argumento que los ejércitos, de inmediato, concibieron un pacto casi diabólico.

Necesariamente me tocaba a mi resolver el asunto, porque era agente, y así se llevarían al menos la mitad de todos los beneficios. La tarea de resolver la cuestión legal había sido encargada a la Universidad de Cambridge, quien supuso que lógicamente entonces el protocolo corto podría vender un producto racional. Lo que de hecho, parecía profundamente lógico, en su lógica particular. Necesariamente pregunté si se habían dejado pervertir por la idea de utilizar la lógica simbólica de Oxford, y naturalmente contestaron que , ‘sí, tenían planes de sustraerle la lógica simbólica a Oxford, porque ahora había que ser francamente honestos.’ Sí. Debía tener su intrínseca razón de ser, todo ello.

Total. En breves palabras. “No, franca y honestamente no entiendo qué tenga que ver la madreselva con un protocolo corto y menos con parámetros objetivos, pero bueno.” La lógica aleatoria se ocupa de seleccionar criterios que sirven para ordenar información en vistas a categorizar unidades definidas. Es decir: cómo y por qué una página llega más alto o se queda más tiempo en un buscador. Se había ya conseguido hasta la fórmula del éxito, que es un secreto, evidentemente, pero consiste fundamentalmente en medir el impacto general de por duración o criterio selectivo a partir de unos cuantos resultados en las estadísticas preliminares. Lo que me pedían, para validar resultados, era que obligase a la realidad intuitiva a corresponder exactamente a la fórmula en cuestión. “Confieso que me parece que están ustedes todos un poco majaretas, pero qué se le va a hacer.” “Es posible?” “No imposible. Por qué no. La gente se divierte como puede.”

La montubia había finalmente concluido que aleatorio era un franco ir y venir de las gentes, puntualmente. “En ese caso, necesariamente va a parecer un poco impositiva la fórmula del éxito.” Sí, por qué no. Si la recurrencia conduce progresivamente a la selección de criterios que se fijan en determinantes preliminares, entonces debe estar contenida en su esencia en el franco ir y venir de las gentes. Donde se encontrase lo franco, hoy en día, ‘sino en zona franca, evidentemente’, apuntó alguien.

Nómada, pudiendo utilizar artilugios o instrumentos que me prestasen o mediando pequeños pagos, sujeta a miles de condiciones militares obligando además a sujetarme del plan financiero simple, tasas, correlaciones de índices y demás, solo quedaba decirle a la gente si quería un anuncio en una página web, someramente presentada dentro de una ambientación ciertamente algo subliminalmente escandalosa y sin excesiva pretensión aparente.

Las cifras iban coincidiendo, y hasta los ataques masivos que se esperaban. Sí, incluso los escorpiones ideados por Suecia que insistía en dejar los criterios sin principio porque así se controlaba mejor a las gentes, aparecieron por el camino. Subida, uno. Descenso. Subida triple y masiva, criterio de selección. Un cero – respuesta objetiva. seguida de categorización interna. “Vaya, les debe estar empezando a doler el cogote, a las multinacionales.” Peor aun. Avisan de subida a la categoría alta y presentan la presentación del proyecto en algún lado. Aun peor. Sale Montkaffé en las búsquedas, y Montkaffé es una marca registrada. “Ah, pequeño Google, ahora cómo harás los cálculos?” Cambio de criterios. Ahora soy yo, yo con mi inmensa fortuna arrastrando a todo un Google a la ruina, porque los 10.000 tienen premio, y se mide a partir de fortuna personal. Pobres, pobres americanos, que aun no saben que la fortuna personal de un soberano contiene a veces hasta minas enteras de diamantes.

Por suerte para el Google, – y los americanos, quizá, en general -, también hay fortunas privadas. Consiguientemente puede Google categorizar por personal y privado, y en privado, por situación extraordinaria, y entonces sale un TOP 1, previsto, no digas que no, el monstruo de las lógicas esenciales, que aun así me llevo un mísero y triste premio en comparación de las inmensas fortunas que se esconden detrás de las masivas apariencias. O sea que me puedo pedir algo. Que se reparta todo selectivamente y con cierta inteligencia entre todos los participantes a la masacre … de la pretensión obnubilada. Acaso realmente bastase con ir siempre con la misma camisa y unos vaqueros un poco gastados para estar absolutamente seguros de que un genio de la lógica aleatoria no esconde dentro de si un desastre potencial?

Todo previsto, Google. Hasta ese mismo punto del franco ir y venir de las gentes, ya habíamos llegado antes y le tocó el turno al restaurante Papillon y su aguja selectiva. Un arduo y casi tenebroso proyecto que debiera poder resolverlo todo ahogando las penas universales en una carta de platas rociadas con vinos o alcoholes en general. Quién lo leyese, el menú, en otros lugares. Pero más tarde. Por el momento toca empezar por reorganizar la catástrofe surgida de la mera apariencia.

Sí. Y sorry, pequeño Google. Tuve que esconder mis 25 estrellas durante veinte años para encubrir una crucial operación de comandos. Hm … Para algo sirven los archivos militares también.

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