Amante D’

Montañita fue finalmente categorizada como ‘zona magnética’ y no solo porque, de hecho, un extraño fenómeno climático sacude la región puntualmente con extrañas luminescencias como de rayos o centellas incipientes. De vez en cuando, solamente. Más o menos por las épocas de los mosquitos furiosos. Parecía, además, como si toda la problemática del mundo quisiese depositarse sobre la reivindicación de libertad de los pueblos, cada cual a su peculiar manera.

Se produjo de ese modo la peculiar circunstancia de que en un intento sobrio de formalización de las circunstancias, se perdiese toda categoría hotelera, de tal suerte a que, no teniendo ya bastante con lo que tenían, le tocase al ilustre pueblo buscar un criterio dentro del plazo de tiempo más breve posible que, por otras razones, no podía ser menos de veinte años. No solo. La alta costura parisina se convirtió en un embrollo judicial de alto alcanze, y ello incrustándose en una investigación internacional concerniendo la tortura en Chile.

Cada cosa en su momento.

Porque además se tuvo que definir lo de la peculiaridad racial en momento crítico en toda su vasta y profunda extensión, cayéndose la problemática dentro de la dimensión afectiva, además.

Por partes.

Nosotros, los godos, andábamos por aqui intentando poner punto final al llamado proceso civilizatorio de Indias, empezado por Isabel la Católica, y cuyas intenciones revelaban solo una profunda necesidad de comunicación con gentes inocentes, de las que se esperaba apareciesen quizá algunas del otro lado del mar. Siguiendo las pautas de estos procesos, conviene retirarse discretamente incluso durante varios siglos, y esperar a que alguien llame de nuevo a las puertas antiguas por ver si es posible de restablecer las relaciones sobre bases equitables. Fundamentalmente se estima que los pueblos que no se defienden de una invasión tienen alguna carencia sea física, sea intelectual que hay que resolver discretamente, dejando que algunos desmanes quizá excesivamente subrayados susciten un anhelo de libertad que permita restablecer la situación posteriormente. Como el Ecuador pidió ayuda en 1980, parecía que eventualmente se podía cerrar amistosamente el proceso, debido al hecho de una progresiva retirada de la raza nuestra, concentrada en su propio momento crítico.

La raza goda es, de hecho, peculiar, debido a un extraño incidente histórico que produjo una alteración en la sangre (sangre azul) que repercutía muy negativamente sobre todo sobre los varones, de tal suerte a que el peso de la gestión política y familiar se encontraba sobre los hombros de la mujer. Sin salida. La mezcla de razas solo conllevaba desastrosos resultados, y los diversos intentos por encontrar un sano equilibrio solían fallar estrepitosamente. Diversas tentativas a lo largo y lo ancho del globo permiten pensar que eventualmente fuese posible de encontrar cierta compatibilidad racial con otro pueblo raro, el de los tzarakatzanos, pueblo de pastores vagando principalmente por las zonas balcánicas. Y digo vagando. De acuerdo con sus tradiciones, llevaban buscando a las gentes de su raza que se encontraban más allá del mar salado, más de 3.000 años sin que hubiese medio de encontrarlos.

Se probó. Las varones surgiendo de esta combinación no parecían acarrear las mismas señales de debilidad que los otros.

Quizá, además, los tzarakatzanos estuviesen finalmente buscando a gentes de la perdida Atlántida, pérdida reportada por Platón en el siglo V aC. Atlántida que podía ser América, conocida desde el otro lado del mar mucho antes de que llegasen los occidentales. De hecho, las pruebas geológicas indican que un meteorito, seguido de gran cantidad de catástrofes múltiples (suele ser el caso), como erupciones volcánicas, maremotos, terremotos, etc., cayó sobre la zona amazónica sobre 1000 aC (800 a 1.200 aC). Fuese como fuese el asunto, solo se concluyen los procesos civilizatorios dando cuenta exhaustiva del por qué los habitantes de los lugares no se defendieron de la invasión.

En ello andábamos. Quizá la situación no se había restaurado aun desde el punto de vista alimenticio. Hay evidencia. La mayoría de los alimentos sirviendo de sustento sustancial (carnes), fueron traídos de Europa poco después del descubrimiento. Una debilidad alimenticia no justifica, sin embargo, la indefensión de las tierras, por lo que terminó por suponerse que la catástrofe, llamada universal, había quizá alterado el funcionamiento de la inteligencia desde la misma perspectiva biológica, es decir, neuronal. De lo que subsiste evidencia: ‘las palabras se escurren en cuanto a su sentido casi imperceptiblemente, generando una brecha de inteligibilidad que termina por dar la impresión de definir el diálogo de besugos’. Este fenómeno implica una variable biológica de orden desconocido.

Conseguir la evidencia de las causas implica que las gentes de los lugares participan a su modo a la investigación, lo que se dice ‘amable’, por lo que, cuando hay voluntad, se procede a definir una serie de conceptos de por una acción siguiendo inmediatamente la verbalización. Se presume que diciendo esto es esto, y aquello es aquello, sobre todo a niveles militares o de realidad intrínseca relacionada (música, baile, etc.) se generan unos criterios por identidad que permiten finalmente encontrar los puntos de equiparación de los idiomas que se supone, se fundan en ejes lógicos distintos en cuanto al orden, aunque raramente en cuanto a la identidad. Después de haber procedido a tan virtual demostración de la existencia de otras realidades, se espera a que los indígenas respondan adecuadamente con una manifestación de identidad equiparable. “Nunca habrá mejor o peor, sino solamente un distinto que hay que saber entender.” (Teoría de los procesos civilizatorios.)

En fases ulteriores de los procesos civilizatorios se estima positivo el que las razas que de ese modo se han entrechocado, compartan sus problemas de modo más o menos equitable, de tal suerte a restaurar la situación que en un principio debe conllevar siempre la alusión a una autoridad, en si y normalmente sin mucho mayor fundamento que el de pretender a ello.

Dentro de las conversaciones surgiendo del contexto descrito con anterioridad, – que se estiman ‘vagas’ (faltas de criterio de inteligibilidad) y consiguientemente, no sujetas a criterio de interpretación, lo que implica que se deja que cada cual haga más o menos lo que entiende para saber exactamente dónde se comprende más o menos lo mismo – se contempló la posibilidad de insertar criterios de categorización ‘sirviendo a ordenar impulsos competitivos dentro de cuadros adecuados para ello’, razón por la que se retuvieron algunas disputas ordenadas surgiendo del contexto de modo espontáneo, aunque siempre por otras razones. Entre ellas: la disputa franco/italiana sobre la cocina y quienes eran finalmente los mejores cocineros y si el criterio se podía imponer de modo universal; los hoteles y su pérdida de categoría masiva y global y las referencias internas; las guitarras y sus prerrogativas soberanas y hasta el concurso de la Pilsener; la categorización de los diseñadores electrónicos dentro del campo de disputa generado por la falta de clasificación y … un extraño litigio surgiendo del mundo de la moda. (Quizá alguno más, de hecho, que puede que recuerde por el camino, como el surf y los tatuajes y demás.)

Lo de la moda resultó ser una herida, más que una disputa o litigio, y su comienzo se encuentra en la situación siguiente: una juez chilena que no era juez finalmente, o solo de algún modo, intenta infiltrar una ‘nube’ rusa encontrándose entre Colombia y Ecuador, para probar la ingerencia extranjera en los asuntos de tortura de la época Pinochet, y ello, haciéndose pasar por modista. Como debe entrar en relaciones altas para estimar su infiltración fructuosa, presenta una colección a criterio internacional, lo que debe hacer acompañada de otra colección, de origen nacional distinto y se decide por una colección argentina. La moda se ordena en tres categorías, como todo el mundo que se precie, y solo entras a A cumpliendo con una serie de requisitos preliminares. En primer lugar, debes ‘tildar’ o ‘calificar’ tu colección a través de criterios propios que deben ordenarse intuitivamente dentro de categorías ya existente, lo que se reconoce a través del hecho de que haya algún juez de moda (provienen normalmente de la Haute Couture, o alta costura) se haya calificado a través de esos mismos criterios.

El mundo de la moda estaba siendo acusado en ese momento de ‘hacer proliferar criterios altos por lugares que podían tener cierto interés para la alta costura, encontrándose en relaciones altas sin la protección jurídica correspondiente y quedándose muchos pretendientes a modistas sin sus propias colecciones’. Cuando hay recurrencia de queja, lo que era el caso, se pasan a los jueces a las relaciones básicas, es decir, militares, en mismo orden, es decir, juez marcial, y ello porque ‘en cualquier caso se estima el criterio estético del juez marcial irrefutable’.

Extrañamente resulta que la juez confiesa más tarde que había conseguido sus criterios por medio de una ‘filtración de información’ (!!?) y que no tenía mucha importancia porque era finalidad subsidiaria. “Para usted, quizá, señora juez, pero no para las argentinas, que no veo por qué sufriesen de su indiferencia.” Estos criterios llevan directamente a Inès de la Fressange, quien estima interesantes ambas colecciones, necesitando para su aprobación de un ‘testigo’ o ‘incauto’, o ‘inocente persona exclamándose en cuanto a la impresión dejada por las colecciones’ que, en este caso, era el oscuro juez marcial escondiéndose detrás de las quejas de la gente. Inès de la Fressange tergiversa, de nuevo, se diría, los parámetros: teniendo derecho a tres especificaciones, se decide por juez marcial, ya que debe serlo, ‘mujer’, porque se me parece, y ‘nómada’ porque la moda se hace sobre pasarelas. Un imposible, se diría. En ese caso, juez única, Inès de la Fressange se quedaba con ambas colecciones. Mala suerte para ella, estaba yo detrás de la oscura fila de jueces, un poco sorprendida de ‘volver a oir de ella tan pronto’. Carambola más inusitada aun, conocía a la señora juez de por su relación con Stradivarskij, lo que había dado pie a una larga serie de broncazos más o menos velados. En realidad, la situación se anulaba de por si. Salvo si no existía. Y quizá no existiese si Inès de la Fressange no volvía a aparecer en el momento en el que el incauto en cuestión apareciese por el lugar indicado, reabriéndose el juicio. Pero en ese caso, América se quedaba sin moda. Como la situación no permitía crítica de los americanos (por pautas, los jueces suelen cometer ese tipo de insignificantes errores, a su manera de ver), se resolvió que Inès de la Fressange fuese sustituía en la segunda fase por tres jueces habiendo tenido la misma apreciación que aquella en aquellos momentos. En el caso en el que no apareciese espontáneamente, lo que es el caso.

Consiguientemente la señora juez fue castigada a seguir con sus pinitos artísiticos pretendiendo, ya que lo pretendía, a categoría universal, mientras las argentinas se escudaban detrás de la realidad continental.

Es cierto que la señora juez me había puesto muy nerviosa. “Usted no es juez, señora juez.” “Yo soy auxiliar de juez.” “Como decir que limpia los platos en la cocina, sí.” “Pues me dijeron que era juez ancestral.” “Usted ni es juez ancestral ni nada, usted es goda, esa es su única tragedia.” “Yo no sé lo que soy.” “Eso parece una evidencia.” Tampoco que tuviese mucha culpa, salvo la de la falta de reflexión. Como precisaban de manos en la justicia chilena, habían decidido ‘disimular un elemento de investigación dentro de los auxiliares de justicia porque los godos tiene mucho don investigativo’. “Hagan el favor de reportar el hecho de inmediato, porque los godos están en jurisidicción especial y dejen de robarnos a miembros de una raza en peligro de extinción.”

La señora GC – ya no era juez, era una evidencia -, resultó ser la nieta de una rama de los von Gaia, de aquellos que se fueron a remotos lugares para buscar descendencia. Y los Gaia eran compañeros míos en la inteligencia alemana. Estos, a su vez, estaban investigando el caso de un godo que se había escapado de Alemania para que no lo ejecutasen si la sentencia británica no nos favorecía, y habiendo largamente meditado sobre el asunto, le quitaron la relación militar para que no pudiese hacer valer título nobiliario. “Lo que no le quita la sangre, claro.” “Claro.”

Lo peor de todo era que evidentemente GC quería casarse con el godo aquel porque debía entrar en la aristocracia para conseguir infiltrar a las rusas: “Muy sacrificada a la causa es usted, señora. Y después, quién lo aguanta?” Total. Solo quedaba una solución. GC sería la amante de Sophie von Gaia, porque ‘en situaciones cruciales para una raza, deben las mujeres asumir el papel del varón desfalleciente, de tal suerte a que las generaciones venideras tengan una referencia estable en cuanto al orden formal propio a su raza,’ y así podía pretender a ‘haber casado a GC con algún insignificante miembro de la raza y poder asegurarse la descendencia’.

Si Sophie von Gaia era la amante de GC – hay que apuntarlo en algún sitio siempre, no sea que luego surjan malentendidos -, entonces el asunto de la moda era un asunto familiar y permitía convertir la segunda fase de evaluación en un ejercicio virtual en cuanto a las realidades de categorización, para que apareciesen en contexto adecuado y pudiesen ser absorbidos en cuanto a su naturaleza por las poblaciones indígenas.

Protesta virulenta. Los diseñadores no se iban a quedar sin SU diseño clase A y referencia jurídica absoluta, ‘simplemente porque una juez no supiese hacer la diferencia entre un hombre y una mujer.’ “Además,” dijo la moda, “puede acaso una amante de una raza crítica convertirse en criterio continental para el universo?”

No sería fácil resolver el asunto. En esos casos, debe analizarse la situación a partir del momento puntual en cuanto a todos los aspectos considerados. Es decir, ver lo que pasa cuando llega el momento de la segunda fase. Lo que sucede en este momento. Primero situando el contexto. Después, haciendo las observaciones pertinentes.

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