Pizzería La Marea

Las fotografías se escurren como fluyen las conversaciones. Eso me había dicho entonces. Por aquellos momentos, cuando todo se hizo posible en medio del caos. Pero han pasado veinte anos. Y yo seguía tranquilamente el curso de mis asumidas obligaciones, saliendo casi naturalmente de una memoria ancestral que parecía, por fin, ser la misma que la de algunos otros. Ricardo Reto, propietario de la Marea, me había dicho que escribiese lo que se me ocurriese, desde mi perspectiva, e incluso me invitó a cenar para que palpase el ambiente. Eso dijo. Por dónde empezaría, sino por el comienzo mismo, precisamente porque seguía riéndome a causa de la coincidencia de haber salido de Montacafé y haberme topado con La Marea justo después.

Todos estos negocios son proyectos militares avalados por la bolsa de diamantes suscritos cuando se descubrió algo inverosimil: los habitantes de Montanita y Olón y un poco más allá habían sido esclavos de la iglesia católica que habían conseguido liberarse a pulso propio. Su libertad no abría muchas perspectivas. La iglesia, temerosa de que se supiese el bochornoso hecho, hacía no solo constante presión para evitar la inserción política de las comunas afectadas, sino que inducía a sus habitantes con consejos errados a cometer crímenes que justificasen las más villanas acusaciones. La última había sido la de enviar a los futuros demócratas a afiliarse a un partido revolucionario obrero del Azuay, dependiendo de Matovelle que, por un equívoco deliberado, se encontraba en conversaciones con la bolsa de diamantes. Al barruntarse traición, fue Yolanda Capón quien abandonó Cuenca de inmediato para volver a Montanita y comunicar a los habitantes ‘que los de Cuenca estaban traicionando los intereses nacionales’. De ese modo, Montanita entró, a su vez, en conversaciones con la bolsa de diamantes.

Cuando, tras penosas negociaciones y alguna indagación se descubrió el trasfondo, fue la comunidad internacional la que decidió apoyar con las fuerzas racionales que le quedasen, los proyectos que las gentes iban presentando uno a uno a la bolsa de diamantes. Uno quería abrir una cadena de restaurantes de pollo asado dentro del pueblo, y otro creía que los consorcios eran negocios formados por parejas casadas. Daba igual. Los conceptos se ajustarían progresivamente. Los extranjeros preguntaron tímidamente si podían ‘incrustarse’ en Babilonia, y alguno que otro recibió la aprobación unánime que se requería. La página web tambien fue aprobada cuando se dijo que saldrían muchas luces en una pantalla como ‘en los gusanos mecánicos’.

Todos los negocios que se reflejan en esta página son proyectos de esa época, aunque se iban realizando poco a poco. Mientras tanto, los habitantes debían conseguir ‘escaparse’ y llegar a Guayaquil o Cuenca para aprender a construir casas u otra labor que fuese útil para el proyecto final. Uno de los proyectos más ambiciosos y delicadamente preparado por el general Hakimoto (Japón) fue el llamado proyecto ‘aguijoneo’ que consistía en empujar a un incauto de un lado para otro hasta que terminase por hacer exactamente lo que tenía que hacer sin estar en conocimiento de lo que estaba haciendo. Ricardo sigue teniendo cara de incauto, como cuando era joven y creía en la justicia y una indígena lo eligió a él entre otros muchos ‘porque era inocente’. Es argentino, de Buenos Aires.

Eso era. Yo andaba negociando con los cafeteros de Colombia, por una se esas inusitadas carambolas que sacuden las realidades organizadas de por su sorprendente aparición. El general Hakimoto y yo andábamos persiguiendo traficantes de armas y había caído en una trampa el narco Escobar. Una conversación revela ciertos difusos contextos que obligan a abrir una disyuntiva proponiéndose a los hijos Escobar una salida del infierno, como lo llamaban, dentro de un severo programa escalonado que culminaría con un encuentro casual en Cuenca, donde se decidiría el resultado. De hecho, en ciertos ámbitos se considera que una persona que acata orden militar no es criminal, por lo que bastaba con que los hijos reconociesen la orden para que se les limpiase el pasado criminal, más o menos fabulado, por otro lado. Escobar vino a Cuenca hacia unos meses y se fue. Era libre, como habíamos prometido.

Los cafeteros de Colombia habían oido algo relacionado y exigieron en las bastante violentas reuniones de cafeteros que trajesen al interlocutor de Escobar. De hecho, un error cometido por la justicia internacional, estaba a punto de provocar la prohibición de toda exportación de café proviniendo de los países sudamericanos y es obvio que los cafeteros no estaban muy contentos de deber asumir la consecuencia de un error de la justicia. Me llamaron. Pero yo no tenía idea alguna del mercado del café. “Yo, lo siento …” No había vuelta de hoja. O eso o nada. O sea que me dieron un rápido cursillo cafetero. Finalmente la cosa era sencilla: el café americano se había escurrido hacia la relación estatal, siendo un producto en ley soberana, y las agrias protestas de otros países conllevaron progresivamente la situación de aquel momento. “O sea que no hay solución.” Había … Debían retirarse durante unos anos del mercado antes de que los expulsasen, para concentrarse en la producción de una calidad excelsa de referencia, para que se produjese una alza inmediata de los precios de otras categorías, satisfaciendo de ese modo las exigencias de los demás países. La familia Pantoja debió asumir la heroica tarea de convertirse en la referencia cafetera continental, lo que produjo ciertas risas: “Va y que nos salgan unos emperadores cafeteros, ahora …”

Yo salí de las conversaciones con la cabeza como un bombo, y dije: “Qué mareo …” Y alguien apuntó que  … “sí, la marea sube y baja,” induciendo una carcajada general. O sea que un proyecto se llamaría ‘La marea’.

Los habitantes de Montanita seguían con cierta tensión las negociaciones, diciendo que si los cafeteros nos hacían caso, ellos debían hacernos caso también, y fue esa atenta escucha la que produjo el llamado proyecto fenómeno, concebido por Pancho, de un pueblo de panaderos a cierta distancia de Montanita. Era un negocio clase B porque lo mezclaba un poco todo y estaba en una calle lateral, aunque era principal porque había muchas carretas, y algunas venían de Cuenca y otras hasta de Méjico habían venido, solas … Las mesas estaban pintadas, porque eso es el arte, y reflejaban ciertamente un cierto desdén por unos surfistas que estimaban que llevar tatuajes de esclavos era un modo de vestirse, cuando era una evidencia que uno iba vestido en calzones nada más. Habría un horno de los suyos, grande, brillante, ajustado a las leyes internacionales, a cierta cautelosa distancia de un mar que se acercaba cada vez más, peligrosamente, sobre todo de noche y había que estar ojo avizor. Sacaría unos dibujos mecánicos de las camionetas militares japonesas, porque eran reliquias y le darían una aureola histórica al pueblo, porque los pobres de la clase A tenían que justificar su presencia de algún modo, porque sino los tiraban a un pozo.

Y él mismo, sí, le recordaría a las senoritas argentinas, de las que nadie sabía cómo habían entrado en el tertulio, que las delicadezas se hacen a oscuras cada cual en su casa, y no se exponían públicamente en carteles, pero que igual y de todas las maneras pintaría un Volkswagen que hacía falta en la foto de la publicidad, exigencia inusitada de los militares castigando a las senorelas por haberse colado en las conversaciones sin el permiso de nadie, en la pared. Tampoco hay que ser rencoroso.

Luego suspiró, se puso a llorar y dijo que no solo sería demasiado viejo, sino que lo abrían comido las agallas y estaría más estirado que un palo debajo de la tierra. Y hubo una senora que le dijo, “Panchito, deja de decir bobadas, que tú estarás vivito y coleando, cuando venga ese gran día de nuestra imaginación.” Sorprendió y se le preguntó cómo lo sabía y aquella contestó entre dientes que “Verdad es que no me preparaba sino para coger un bote y salir nadando porque se acumulan las nubes y caerán lluvias torrenciales. Pero razón es que luego se calmarán las aguas y veo con cierta claridad que aun se abren horizontes nuevos.”

Llamado la senal, debía constituirse en el momento en el que se pondría en movimiento todo el programa. Si llovía, y llovió, era que la senora decía verdad, y veían todos juntos el mismo futuro. Ricardo aun se acuerda. El Nino arrasó con la región en 1996, produciéndose lluvias torrenciales durante casi dos anos.

Pancho tiene 83 anos y sigue vivito y coleando.

El general Hakimoto se quedó tan impresionado con el relato que, por otro lado, coincidía con inquietantes presagios proviniendo de otros lugares, que decidió incrustar su proyecto estelar sobre el de Pancho. De hecho, los cazadores de traficantes de armas somos gente rara. La disposición psicológica cuenta tanto como la estrategia o las armas y el general presumía que haría historia con un proyecto que consistía en dejar caer a alguien en el tiempo para construir un estrategia de ataque a partir de ese hecho. Como, sin embargo, le debe asistencia psicológica al conejillo de indias, que era yo, en este caso, concibió el proyecto ‘aguijoneo’ para que alguien habiendo pasado por una experiencia similar pudiese evaluar mi estado en el momento de salir de la tormenta temporal. En fin. El no evalúa nada. Pero se sabe que si una persona puede tener una conversación normal con alguien que tiene una experiencia parecida, ambos están bien y eso era lo que contaba.

O sea que vino Ricardo a compartir mi opípara cena, hecha de unas pastas especialmente concebidas para mi porque alguien había metido pollo en el calzone y ya no me gustaba. Mira que creerse que hay calzone con pollo y hongos solo porque un congénere se lo dijo en Barcelona … En fin. Ahí estaba el fetuccini, o fotuccini, o algo que se le pareciese (encualquier caso debía terminar en cini, porque era italiano, pero ser diferente al mismo tiempo para ser original), y estaba realmente bueno. Sobre la carta, los camiones del búnquer japonés, y los surfistas de Honolulu, para disimular. Sobre la mesa, sin embargo, un surfista se estrella contra las maldiciones de las tiras cómicas … “Dentro de la óptica se encuentran las perspectivas.”

Ricardo realmente hizo todo lo que tenía que hacer. Estudió leyes y se hartó de la corrupción, por lo que se fue de Argentina hace unos ocho anos. Fue a Barcelona y venía a Montanita para surfear. Luego pensó en montar el negocio y fue a ver a Pancho para que le construyese un horno. Debía venir antes que todos los demás por si acaso era Pancho quien tenía razón y se moria antes de tiempo. Pintó las mesas. Puso las sillas de metal que servían de transición entre las de plástico y las de madera, porque llega un momento en el que hay que saber aumentarse en su propia valía.

Vive cerca de Olón con su novia, en un lugar habitado por escasos habitantes. Viene en moto casi todos los días y vuelve a Buenos Aires una vez al ano, más o menos, para ver a su familia. Al principio hacía la pizza solo. Después empezó a contratar a gente. Su suerte, dice, es que tiene un equipo fenomenal que lo ha acompanado durante todos estos anos. Solo contrata unos cuantos meseros más en temporada alta. Le va bien. Vienen familias de Guayaquil que pasan los fines de semana en Montanita, y llenan el restaurante durante todo el ano. Y luego los demás … argentinos, chilenos, peruanos, y gentes de Europa o EEUU durante el verano.

También estaba buena la tarta de manzana con helado, hecha al horno, como todo el resto. El pan es pan de pizza que sobra y se guarda para el día siguiente. Y sí, luego estaba la cuestión judicial que salvó el mundo, según la juez Yigorina. Pero de eso hablaremos, quizá, otro día. La cuestión es que los militares no son tan malos como quieren parecer, a veces. Y que hacía falta un funcionario de una función judicial en funcionamiento para validar la sentencia. No dijo que no. Así son las cosas…

Total. Si quiere caerse en el pozo del tiempo que gestó a Montanita, no se pierda ‘La Marea’, sus excelentes pizza, sus papas con queso. Parece tentadora la pizza 4 quesos. Y los postres son excelentes.

Ricardo Reto

Teléfono: 099612387

correo electrónico: dicky_reto@hotmail.com

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